Somos una secta

Un tal Jordi me dijo un día que éramos una secta.

Veamos. Podría ser cierto. Si los cultivadores de marihuana somos una secta, podrías apodarnos los adoradores de la caca del gusano (esto en la fase de crecimiento, cuando abonamos con humus de lombriz o, mejor llamado, vermicompost; cuando nuestras plantitas están en floración pasaríamos a ser los adoradores del finamente molido excremento de pajarraco, el llamado guano). Nuestro culto, que nos tiene absortos a todas horas, requiere plena dedicación, pero permite obtener una recompensa material, tangible y proporcional a nuestros desvelos. El objeto de nuestra adoración (la marihuana, en adelante la Planta) hace milagros demostrables y convierte la mierda (estiércol compostado) en oro verde, en ambrosía (fragrantes, perfumados cogollos). Así, la Planta demuestra ser capaz de recompensarnos por nuestro culto (cultivo) en esta tierra y en esta vida, sin que tengamos que esperar a morirnos (es un culto anual, que va desde primavera a otoño-invierno). Incluso algunos, más fervientes que otros, le dedican un espacio (a modo de capilla) en el interior de su piso, para poder adorar la Planta durante todo el año, aún a costa de pagar más en la factura de la luz. Son sobradamente compensados al no estar sujetos al ciclo anual y las inclemencias del tiempo.

Entre nosotros hablamos en nuestro propio lenguaje, inasequible al profano, durante horas, un día tras otro, sin desfallecimiento e incluso con entusiasmo creciente de diferentes variedades, pues nuestro objeto de culto se manifiesta bajo muchas diversas advocaciones (variedades con distintos nombres, sabores y efectos), y cada cultivador prefiere unas sobre las otras. Nuestra secta crece día a día, continuamente alguien es iluminado y comprende que es mejor obtener un producto natural y de calidad que no comprar sucedáneos adulterados y caros en el mercado negro. El nuevo iluminado cambia las interminables esperas en los garitos (a ver si se digna a venir el camello y tiene algo) por el acarreo de sacos de tierra y otros trabajos más propios del agricultor urbano.

 
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Tenemos nuestras reuniones donde la maría es, a la vez que tema principal de charla, objeto de consumo en común y comparaciones. Estas catas a veces se elevan al nivel de Copas, donde se eligen las mejores por categorías, colmando de orgullo a los mejores cultivadores, y haciendo del resto de adeptos presa del deseo de mejorar en sus prácticas para ser reconocidos en la próxima.

Gurús, los tenemos. Como toda secta que se precie: Jorge Cervantes (autor del manual de cultivo llamado La Biblia de Interior), Robert Conell Clarke (autor de Marijuana Botany y de Hashish!), Jason King (autor de La Cannabiblia Vol. 1 y 2), D.J.Short (criador de variedades famosas como la Blueberry o la Flo) y tantos otros, pero tú eliges seguirlos o no. Nadie te impondrá su forma de pensar.

Rituales, sólo tienes que preguntarle a cualquiera que líe sus propios canutos: hay hasta libros dedicados en exclusiva a ese arte. No te ha de faltar de nada, ni persecuciones religiosas, pues también serás perseguido si profesas tu fe fuera de tu casa (de ello se ocupa la ley Corcuera).

Así pues, si cultivas, te unirás a la única secta donde serás tú quien les comerá el coco a otros (como poco, os lo comeréis en común). Eso sí, con un proselitismo sano, nacido del puro entusiasmo por el descubrimiento y el deseo de compartirlo. Estamos tanto o más extendidos por el mundo que cualquier otra religión. Además, nos reímos a menudo.

Buenos humos, hermanos.