Algunas tonterías

Una pincelada de humor cannábico, recopilando una anécdota vivida, una reflexión nada profunda y la aplicación del fatalismo de la famosa Ley de Murphy (“si algo puede salir mal, saldrá mal” o “la tostada siempre cae del lado de la mantequilla”) al cultivo de nuestra plantita preferida.

Una anécdota de cuando abrí la tienda, de antes de haber dejado totalmente el tabaco. No fumaba cigarrillos ni cualquier otra forma de “tabaco puro” desde hace años, pero seguía mezclando tabaco con lo que me fumaba (porros, por si no queda suficientemente claro). Uno de mis primeros clientes (y hoy mi amigo, pero al que entonces justo acababa de conocer) llamémosle Santi, estaba conmigo en la trastienda y lo que habíamos fumado se dejaba oler de forma característica (diferente del tabaco) y persistente en la propia tienda. En esas, que suena la campana de la puerta, interrumpo la animada conversación y voy a ver quien ha entrado: dos niños pequeños solos, el mayor de unos nueve años. Como tantas otras veces (no estoy lejos de la salida de un colegio), les dirijo el discurso de que en esta tienda no pueden entrar menores al que (para mi sorpresa), obedientemente y sin decir palabra, hacen caso y se van. Vuelvo a la trastienda, le cuento el caso a Santi, y retomamos la conversación. Pasa un rato hasta que vuelve a entrar alguien. Miro y son los mismos niños de antes. En esas que oigo a Santi “déjame ver, no vayan a ser mis críos” (como efectivamente eran). La madre los había mandado a recoger a su padre y, al verlo localizado, el mayor, confirmando su acierto, exclamó: “ya sabía yo que era aquí, porque olía al tabaco de papá”. Aún me río cuando lo recuerdo.

 
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Reflexión: ¿somos los hombres más tontos de lo que ya tenemos asumido? Me atrevería a afirmar que existe un elevado número de cultivadores (masculinos) que gustan del riesgo diario, habiendo elegido una pareja que, cual viuda negra o mantis religiosa, es peligrosamente inconveniente para su cónyuge. ¿En qué me baso? En la de veces que escucho eso de “cómo se entere la parienta de lo que me gastado en esto, me mata”. A menudo me asombro de lo poco en que se estima una vida humana, pues la cantidad desembolsada no es excesiva (16 euros, por ejemplo). O están peor de lo que parecen los tiempos que corren, o ello me lleva a pensar que hay más practicantes de deportes de riesgo extremo de los que yo creía, y que una buena parte de ellos disfruta ante la posibilidad de lograr ocultarle algo a su pareja, a modo de engaño. Puedo entender la atracción del morbo, pero esas prácticas me parecen algo realmente peligroso, contra el instinto de autoconservación.

La ley de Murphy aplicada al cultivo de Marihuana:

Si sólo plantas una semilla, será macho. Si es feminizada, ya veremos.

La planta más bonita siempre acaba siendo un macho.

Si plantas semillas compradas de varios precios, salen los brotes tiernos, y hay un pajarito en la terraza, siempre se pondrá a arrancar con su pico la variedad más cara.

Si dejas el abono líquido sin ponerle el tapón a la botella, lo derramarás con el pie nada más te gires a regar.

El saco de plástico de la tierra preparada siempre se desgarrará cuando se enganche al sacarlo del carrito de la compra.

Si te vas un fin de semana fuera y no tienes nadie que las pueda regar, hará un calor sahariano. Si has regado a fondo justo antes de irte, diluviará.

No importa cuanto sepas y te gastes, el vecino siempre las tendrá más hermosas.

Las variedades que más te gusten siempre serán más caras, de cultivo más difícil, de cosecha más tardía, de menor rendimiento y de más laborioso manicurado. Resígnate, no todos pueden ser sibaritas.

Adelántate. Patea la maceta recién transplantada antes de que barras el suelo. Inevitablemente, ibas a tropezar con ella.

Si están a la vista y el acceso es posible, tómales fotos. Siempre te quedará el recuerdo cuando te las roben.